Pequeña muerte

A prisa, sudorosas, malhumoradas y la tragedia aun blandiendo sobre cada una de las muecas, huyen las más hermosas joyas de quien, magnánimo, las poseyó.

– ¿Has visto mi arete, panteonero?

–Detrás de la cripta huyó

La infancia se sienta sobre la roca para recordarte la dulce sonrisa de la miseria, gran sazón del que la abuela tristeza se siente orgullosa.

Solo aquí no es omnipotente, majestuosa ni pletórica, la rosa.

Los que tienen nombre se regocijan y ultrajan unos a otros. En la mayor opulencia, en la más grande de las delicias, se derraman los jugos de la diversión.

No ha muerto, ni está herida. Solo encinta y asqueada la emoción.

La melodía desgarra la garganta, el llanto aglutina las más grisáceas nubes de tormenta. ¿Se estremece el difunto?

¿He estado equivocado siempre y los muertos oyen, me pregunto?

Las monedas bajan a toda prisa la tapa del baúl. Se esconden entre los resquicios de la madera. Quien no tiene nombre ha llegado, está esperando afuera.

Está vacía la esperanza, adentro, nada de lo visto satisfizo  la espera.

¿Lava el río los pies de aquel sin nombre?, ¿acaso podrías contarle algo nuevo al perpetuo errante?

–Nunca ha sido inmundo un caminante.

–Soy falto de nombre, no puedo ser caballero andante.

–Observa en mis aguas aquello fascinante.

–Desisto, a cada paso, me alejo.

–En mi espejo, tu reflejo.

Dudo la existencia de aquel que no se conmueva con el menos oblicuo de los parpados, petrificados, inmutables y parlantes.

Añoranza se hará a uno, ¿el más brillante? ¿El más elegante?

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