En la Hélade

Y el poderoso dios de la guerra, recuerda su infancia llena de amargura y desprecio.

Por la noche, a través de la peste y los cadáveres danzantes, reinventa la sonrisa de su amada doncella, impasible, perfecta, tímida y frágil.

De la asustadiza miseria consigue la fuerza a la que todos los hombres sucumben su mortalidad.

Entonces, desayuna monstruos, los devora y los defeca destruyendo cada parte de sus interiores con aquella actitud digna de los infantes.

¿Acaso existe alguien que no sea esclavo de todo aquello que logra corromper a los hombres?

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