Marcha forzada

Sonroja noche la mente de los hombres

Adorna con gracia a la joven mañana

Y con amargura la tarde reclama

Presuroso retorno a las grietas lúgubres.

¿A dónde se dirigen los caminantes?

¿Acaso les espera destino alguno?

De estrellas y amaneceres alimentaran su ayuno

Al igual que el tiempo devora a los errantes

¡Abandona mi balsa!, ¡oh, bella incertidumbre!

Allá en lontananza quiero ver el faro

A la sirena de Kafka me he atado

Y no al mástil como ha de ser costumbre

Sobre bridón y a galope, la belleza

La mas joven y afable de las pasiones

No supera el abismo de los grandes dones

Pero inunda con virtuosismos la cabeza

Inmortal humano, cuando mueras

Hablemos de sonetos, cuentos y tertulias

De Altamirano Clemencia y Julia

Tú, pertenencia de la hoguera

¡Oh Anahuac¡, ¿cuántas vidas me harán falta para escuchar cada una de tus historias?

Centenares de nómadas han predicado en el desierto

Bajo pies sudorosos, los camellos han muerto

Y la arena sepulta antiguas glorias

Para un ojo al final del arcoíris

que se ahoga en el néctar de la esperanza

¡Días de antaño! Rito y alabanza

¡Días de antaño! Nilo y Osiris

En intento de grito, la voz se ahoga

Continúa atrapado el infante en el arrullo

Ha sido servido en el festín, el murmullo

El cadalso no ha necesitado soga

Admirando se recuerda el ahora

Se petrifica, insuficiente lo bello

No hay cantaleta, pero vive el resuello

De aquello que el alma tanto añora

Lento el paso, maniatado

El vaivén sobresale con premura

Lento el paso, ha sido hincado

Al igual que en sus mentes la cordura

Lento el paso, desesperado

Rotunda y despampanante arquitectura

Lento el paso, amordazado

Al igual que en sus cuerpos la locura

Abotonemos la camisa de lo incierto

Despeinemos nuestras frentes con bravura

Calcemos con sandalias la amargura

Regalemos el ojo derecho al tuerto

Quéjate del invierno, maltratada hierva

La primavera fue testigo del apogeo

No existe flor, para aquel que se enerva

Siempre será de noche para Morfeo

Ni una palabra el sentimiento ha igualado

El silencio no se describe con percusiones

A mil desconocidos, la sonrisa ha sonrojado

No hace falta comprender las razones

Acercaos a conocer al aparecido

Embriagaos con el genio maravilloso

Deslizaos por la pelvis del gozo

Bebeos el oloroso fluido

Incitante es aquel rostro hermoso

que la mano ruega tocar sin motivo

No huira más, de los ojos cautivo

Para la celda un candado presuroso

Aumenta sudor, la calidez humana

Mayordomo de grandes artes, el disimulo

Recreaciones teatrales aplauden al ósculo

que intenta postrarse frente a la dama

Dos tuertos contemplan al miope

Cruzado de piernas al comienzo del lío

No ha de ser fácil escaparse de Clío

y caer arrodillado a Calíope

De virgen cerosa porcelana, ¿puedo llamarte inmaculada?

Centenares son los postrados, hombres de frente escudriñada

Desatado antifaz de verdugo, alborotado polvo de chubasco

De gran simetría y malintencionadas las aristas del fiasco

Señalar de la garganta, lo nauseabundo del germen

Opulentos, pintorescos y célebres recuerdos se yerguen

Pequeña muerte

A prisa, sudorosas, malhumoradas y la tragedia aun blandiendo sobre cada una de las muecas, huyen las más hermosas joyas de quien, magnánimo, las poseyó.

– ¿Has visto mi arete, panteonero?

–Detrás de la cripta huyó

La infancia se sienta sobre la roca para recordarte la dulce sonrisa de la miseria, gran sazón del que la abuela tristeza se siente orgullosa.

Solo aquí no es omnipotente, majestuosa ni pletórica, la rosa.

Los que tienen nombre se regocijan y ultrajan unos a otros. En la mayor opulencia, en la más grande de las delicias, se derraman los jugos de la diversión.

No ha muerto, ni está herida. Solo encinta y asqueada la emoción.

La melodía desgarra la garganta, el llanto aglutina las más grisáceas nubes de tormenta. ¿Se estremece el difunto?

¿He estado equivocado siempre y los muertos oyen, me pregunto?

Las monedas bajan a toda prisa la tapa del baúl. Se esconden entre los resquicios de la madera. Quien no tiene nombre ha llegado, está esperando afuera.

Está vacía la esperanza, adentro, nada de lo visto satisfizo  la espera.

¿Lava el río los pies de aquel sin nombre?, ¿acaso podrías contarle algo nuevo al perpetuo errante?

–Nunca ha sido inmundo un caminante.

–Soy falto de nombre, no puedo ser caballero andante.

–Observa en mis aguas aquello fascinante.

–Desisto, a cada paso, me alejo.

–En mi espejo, tu reflejo.

Dudo la existencia de aquel que no se conmueva con el menos oblicuo de los parpados, petrificados, inmutables y parlantes.

Añoranza se hará a uno, ¿el más brillante? ¿El más elegante?

En la Hélade

Y el poderoso dios de la guerra, recuerda su infancia llena de amargura y desprecio.

Por la noche, a través de la peste y los cadáveres danzantes, reinventa la sonrisa de su amada doncella, impasible, perfecta, tímida y frágil.

De la asustadiza miseria consigue la fuerza a la que todos los hombres sucumben su mortalidad.

Entonces, desayuna monstruos, los devora y los defeca destruyendo cada parte de sus interiores con aquella actitud digna de los infantes.

¿Acaso existe alguien que no sea esclavo de todo aquello que logra corromper a los hombres?

Monsieur A.R.

Yace el hombre destruido, ¡mirad!

penumbras han vestido mi alegría

beso a la noche, desprecio al día

prisionero en la propia libertad

 

¿ Poseo suficiente curiosidad?

ya no más de escuchar la melodía

volved tristeza, tu eres solo mía

le susurré a la eternidad

 

Sonríe bizarro, buen verdugo

solo poco mi celda recorrí

no existe aquí ni sombra de un yugo

 

Siente, ¿puedes tocar mi frenesí?

entonces, vibrante, el ceño arrugo

un lío, encantado de estar aquí 

 

 

Fiedrich Rojo

Existencia, emocïón persistente

del atíno un imberbe polizón

honrrada tumba llamada razón

huesped del anfitrïón errante

 

Mirad el escape del indolente

periplo ameno y sin agitación

evitad siempre la inspiración

es la orden del supremo comandante

 

Internarse en el cenote del alma

transformar el insípido grisáceo

Os hará eternos cúál mar y palma

 

De mil colores surgirá un topacio

la tormenta será igual a la calma

solo ir rápido te hará ir mas despacio